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Otoño 2026
TRES PARA LA VIDA

Bendita Radio - Jose Ciccone

 

La amistad profunda es una luz de sinceridad
que se proyecta como un reflejo del alma
y un apoyo incondicional ante el paso del tiempo.

Un lugar que nos vio nacer a la niñez, Los Perales era el nombre que seguramente guardaba la herencia de una tierra con árboles de esa especie que regalaban las bondades de esa fruta con corazón blanco como la gente del mismo lugar que nos cobijaba en los primeros años. El conjunto habitacional fue modelo excepcional en los albores de los años cincuenta; escaleras de mármol, barandales blancos que proyectaban la pureza de lo nuevo, pisos de madera parqué, agua corriente y gas natural, no era poca cosa para la época, es decir, cuando en muchos lugares de nuestra Latinoamérica estas bondades estaban reservadas solo para familias pudientes, nuestro barrio humilde se erguía y disfrutaba de esos adelantos propiciados y facilitados por un país en auge con riquezas infinitas y la mano de un gobernante como Perón que dio esas notables facilidades, el crédito a la gente estaba garantizado con el trabajo del obrero o empleado más su palabra. Era un sitio donde los solidarios vecinos te hacían sentir como familia, porque cada uno de los 30 departamentos del edificio, donde convivían hasta tres generaciones, tenía su propia historia que contar, sus improntas personales que encerraban conflictos, necesidades agudas, amoríos, alegrías combinadas con fiestas y mucho amor para dar y regalar. Los bailes de fin de año y los divertidos carnavales con comparsas barriales, eran una cabal demostración de unión y organización vecinal donde reinaba la alegría.

En ese ambiente de ayudas mutuas, donde los problemas se enfrentaban con la franqueza de quien tenía y podía ayudar, más aquel que le faltaba, pero siempre encontraba auxilio de un vecino que le echaba una mano. Ahí me criaron y empezó a gestarse mi vida -según los expertos, los primeros diez años de una existencia forman al ser humano-, es verdad, porque en ese preciso momento conocí a mis amigos verdaderos que hoy me acompañan hasta mis últimos días en este tránsito complicado y hermoso a la vez que le llaman vida.

Tuve varios amigos que conformaban la barra, pero el correr del tiempo de niño me fue identificando más con dos de ellos que alguna vez nos juramos amor eterno como en los cuentos de piratas, o cruzando los brazos como en las tribus indígenas y lo cumplimos.

Los tres conformamos ese triángulo inseparable que sin darnos cuenta y con el devenir de muchos abriles acumulados se consolidó más allá del tiempo, la distancia, la frecuencia con que nos vimos y nuestros seres queridos que se fueron quedando en el camino como las queridas viejas: Antonia, Elena o Tula que siempre sentimos a las tres como nuestras, aunque dos fueran las de ellos, esas madres que nos adivinaban y castigaban las diabluras pero que también nos llenaban de ternura, dejando una estela de buenos ejemplos, abnegación y sacrificio para que no nos faltara nada, aunque se carecía de casi todo. Las reglas las ponían los mayores -y las chancletas también-, obedecíamos, aunque fuera bajo protesta, el tiempo y la realidad actual nos demostraron que esa psicología doméstica no estaba tan equivocada. Así fuimos avanzando en años, primero con esa niñez blanca, traviesa, pícara, pelotera y movediza, donde el cole, -cuando entramos se llamaba Eva Perón, cuando salimos Roma-, era nuestro mayor pendiente y los deberes escolares el verdugo vestido de responsabilidad que había que cumplir, primero para quedar bien en casa, con la vieja, después todo lo demás. Luego entrando a la adolescencia donde Nueva Chicago se llevaba gran parte de nuestras charlas, planes y preocupaciones, también de las alegrías que nos dejaba ver ‘aquel’ fútbol vocacional, limpio de espónsor en sus camisetas y en las almas de los jugadores quienes dejaban todo en el césped, más allá del poco dinero que en aquel entonces podría beneficiarlos. Ir a la cancha los sábados o seguir fuera de casa al verde de nuestros amores era labor titánica porque, entre otras carencias faltaba la guita para trasladarnos en bondi o micro, pero al final la aventura resultaría muy satisfactoria, ‘ganamos o perdemos a Chicago lo queremos’…    

Con la juventud llegaron las noviecitas y los bailes, a los que nunca faltábamos, con las pilchas brillosas de tanta plancha y los timbos lustrados con las frazadas, el Liberal, Leopardi, Glorias Argentinas y hasta el Villa Malcon preferido del ‘recu’, eran testigos.

En el café o en la esquina del pabellón comentábamos el desfile de chicas -y no tan chicas-, que deslumbraban nuestros ojos recién abiertos a la belleza femenina del barrio y despertaban urgentes afanes de conquista. Hubo «rebotes» y «peras» que nos fueron curtiendo, pero también algunos síes que alegraron aquellos años y nos encaminaron hacia relaciones más serias. El rock y el twist empezaron a roncar fuerte en las pistas y el flaco Horacio Ascheri con Los Pick-Ups cosechaba sus primeros éxitos; Los Wawancó nos hacían bailar a un ritmo nuevo y alegre, la cara dura lo soportaba todo. El Club del Clan sacudía las tabas y vimos surgir, en persona y ante muy poco público al Gitano Sandro con Los de Fuego; llevaba llamativas botitas blancas y pantalones chupines como los de hoy.

El tango se había frenado o quedado atrás, lo rescataba Julio Sosa que desgraciadamente nos duró muy poco o quizás Bucho y su lengue blanco imitando al Zorzal en la azotea.

Mientras tanto, los tres amigos inseparables avanzábamos tras las pibas que nos hacían temblar con una sola mirada: en aquellos ardores juveniles, encarar era la consigna. También salíamos del barrio y paseábamos por el centro de Buenos Aires, aunque fuera solo para mirar vidrieras, «como a esas cosas que nunca se alcanzan», diría el Flaco Discépolo. Íbamos a los cines de una calle Lavalle repleta de gente y salas, más alguna pizzería… ¡y pará de contar! Éramos felices derrochando juventud, ensoñaciones, aventuras y anécdotas que repetíamos una y otra vez en nuestro querido Los Perales que crecía junto a nosotros y sus personajes: el «maldito» y divertido Arnold; el agudo e irónico Conejo; Rinaldi, ingenioso rey de la mentira; la bondad del Negro Joaquín; la locura manifiesta del flaco del Quince; la habilidad del Negro Gomisi con la pelota y las manos gigantes de Dedo al arco; las simpáticas fanfarronerías de «Chocolata»; las charlas de don Marco Brazzano; el bajo, listo para Jackie y los Ciclones, de Juancito Godoy, la cara de piedra de Benito, la peluquería de Yaya y los dieciocho churrascos de Armando…

Todo ese cúmulo de cosas vividas juntos en una niñez, adolescencia y juventud inseparables. Luego los caminos de cada uno se bifurcaron y dos del trío, por distintas válidas razones, decidimos emigrar a distantes puntos de Latinoamérica y es ahí donde empieza a encenderse la magia y los tres, por impulsos del amor de crianza, por reavivar las amistades o vaya a saber por qué extraño signo del destino, nos unimos más en almas que en cuerpos y comenzamos a vivir pendientes el uno del otro, nos acongojamos si a uno le pasa algo y nos alegramos si al otro le va bien y su salud lo acompaña. Hay algo aquí en este trio de unión inquebrantable, que ninguna inteligencia artificial, -solo una humana imbuida con tres corazones grandes y generosos-, lo podría explicar, este fenómeno hermoso de la vida que nos llevaremos hasta el más allá, pero que antes estamos dejando a los hijos y nietos como ejemplo de fidelidad, perseverancia amorosa, comprensión y gratitud de hombres enlazados por los recuerdos y las vivencias de un tiempo ido, donde la convivencia humana y la comunicación franca mirándonos a los ojos, siempre valían más que cualquier innovación tecnológica o pantalla táctil que hoy, con su IA, te promete amor como lo hace igual con millones de seres que la consultan. Eran otros tiempos, otros momentos y otra la gente que habitaba este mundo, el mismo que hoy está sobrepoblado y atomizado de información falsa y de la buena que, seguramente, no deja ni puede crear ni germinar amistades tan profundas como las de estos tres pibes de Mataderos que hoy, en puntos distintos del mundo, disfrutan en madurez esta etapa apacible de la vida. Dios cuide siempre a estos dos seres maravillosos que tanto bien le hacen a mi corazón.    

          

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