“La verdad, como la virtud, tienen en sí mismas su más incontestable apología; a fuerzas de discutirlas y ventilarlas, aparecen en todo su esplendor y brillo: si se oponen restricciones al discurso, vegetará el espíritu como la materia; y el error, la mentira, la preocupación, el fanatismo y el embrutecimiento, harán la divisa de los pueblos y causarán para siempre su abatimiento, su ruina y su miseria”.
Mariano Moreno
El próximo 7 de junio se celebra y conmemora a la vez, el Día de la Libertad de Expresión. Saludo con el respeto y mi admiración de siempre, a todos los periodistas que transpiran cada nota, manteniendo en alto tan noble profesión, que se la juegan en cada artículo y ponen en riesgo hasta sus vidas por defender y exponer un ideal que en definitiva, a todos nos favorece; informar con claridad y sin sesgos e investigar a fondo, hechos que suceden a diario, pero que sin este trabajo, pasarían desapercibidos por el grueso de la población que siempre espera leer a estos profesionales de la comunicación, que les ayuden a formar una opinión y normar un criterio o tomar decisiones importantes.
El periodista cuenta la historia, no hace la historia, porque sabe que la objetividad es casi imposible, pero la imparcialidad es un objetivo que se debe alcanzar en cada artículo, en cada nota o reportaje donde la cercanía con la realidad aproxime a la gente a la verdad, esa que no es absoluta, pero que la presenta honesta y genuina. El derecho a opinar se sostiene sobre la débil, pero insistente razonabilidad del trabajo cotidiano. Atravesado, la mayoría de las veces, por escenarios contemporáneos poblados por la violencia continuada, que siguen creando los círculos del mal en los que estamos inmersos.
Emerge, cada vez que puede, de la diaria rutina cronista para visualizar, entender, evaluar, discrepar, debatir, postular, criticar o aplaudir, según sea el caso en cuestión.
A estas alturas y con las controversias que plantean ciertas restricciones a nuestra libertad de expresión -gobiernos que no permiten crítica alguna porque tienen acordadas pautas con los medios y exigen se respeten esos acuerdos comerciales-, lo que alguna vez le oí decir al expresidente López Portillo: «no pago para que me peguen», expresión demodé que sin embargo cobra vida nuevamente, según intereses. Del extremo sur de nuestro continente, americano, al país vecino del norte, me tocó observar este fenómeno repetido en meses recientes. Presidentes que se enojan cuando un periodista los cuestiona o le hacen preguntas que él considera ‘desubicada’ y termina insultándolo, funcionarios de cualquier nivel, que les incomoda responder con categoría y celeridad a una interrogante planteada con respeto, pero que ellos pretenden condicionar, amparados en ciertas cantidades que pagan al medio y que al final, terminan estableciendo algunas ‘reglas de hierro’ que proponen las mismas autoridades. Inadmisible, no negociable, pero seguimos viendo hoy, muy cerca, que sucede en muchos casos.
Portada, de acontecimientos que piden a gritos se les hable con claridad, sin rincones oscuros ni opacidades y sin temores a supuestos contratos publicitarios, que sólo ciñen, desvían o condicionan la información, que por derecho propio le pertenece al público. Felicito una y mil veces, a estos medios valientes, -en los tiempos que vivimos-, que brindan las noticias tal como son, no como los gobiernos quisieran que sean publicadas.
Para recordar, si no hay un periodismo independiente, no hay libertad de expresión plena, porque ésta no es una moda pasajera, aunque muchos padecen esa creencia, más bien se gana todos los días, informando en búsqueda armoniosa o a golpes de talón y enfrentamientos, de esa verdad que espera el receptor, esa postura sin condicionantes, con investigación seria y trabajo previo de campo, que se verá finalmente plasmado en las noticias, los análisis profesionales y las conclusiones en las que el público pueda confiar. Hablar de credibilidad en estos días, en un medio como las redes informativas digitales no reguladas, que pueden mentir e inventar a su antojo, les aseguro que no es poca cosa.
Uno de los tantos problemas a que se enfrenta un periodista, es esa cotidiana, permanente y sempiterna decisión que debe tomar a la hora de cada cierre de edición, ya sea en medios masivos ortodoxos como la radio, televisión o periódicos, en sus actuales formatos novedosos, al borde de ‘without paper’, -o digitales serios, que también los hay-, cuando se debe alimentar cada minuto, con noticias tan variadas como espectaculares, es nada menos que la angustiante duda de la calificación: ¿Qué importa más? ¿Cuál noticia puede esperar? ¿Qué hecho tiene mayor relevancia? ¿Cómo impactamos sin llegar a sembrar temor? ¿Hablo de los problemas que acarrean la inseguridad y la crisis económica, o de aquellos -muy en boga hoy-, de índole político?
En definitiva, son las apreciaciones de cada uno, las que decidirán a partir del interés del público, de esa pulsión que percibe y huele el profesional de la información, que igual que un árbitro dentro de la cancha, o en su refugio del VAR, se puede equivocar en medio del fragor de los acontecimientos, pero que jamás lo hará deliberadamente para perjudicar a nadie, de antemano. Esto importa, esto no tanto. Esto es urgente pero no importante. Esto es urgente pero no tiene suficiente peso informativo. Nunca habrá resolución definitiva para este dilema de todos los días.
Afortunadamente, una sociedad abierta, siempre nos entrega la posibilidad de escuchar tantas voces como queramos, alternando puntos de vista y discutiendo a fondo aquellos temas que sí interesan a las mayorías. Alguien dijo una vez que ‘la peor opinión es el silencio’, los medios de comunicación en cualquiera de sus modalidades, tienen la tarea de seguir informando con un lenguaje claro y entendible, que agregue; no que disuelva, que una, no que divida, que prevenga, -de ser posible-, sin alarmar y que jamás le apueste al silencio, que es la peor forma que existe para comunicarle al público lo que ellos no pueden ver ni saciar sus interrogantes, porque en definitiva, una sociedad que se atreve a preguntar, siempre sabe ser libre.